I
Justo cuando empezaba a descubrir algo nuevo para mí, cuando mi corazón se daba cuenta que no sólo le caes bien; precisamente ahora que con un delicado mordisco también reclamas un corazón que entrego con total complacencia y alegría, inexplicablemente, entre aturdido, feliz y solo, triste y solo, me encuentro a mí mismo envuelto en la soledad de mi habitación sin saber exactamente qué hacer: si recordar y reír, o si recordar y llorar; si llorar de felicidad o llorar de nostalgia reciente; o ponerse a escribir todo esto como una forma de conjurar las emociones, que son lágrimas cuando son intensas, y no necesariamente tienen que ser de tristeza; o simplemente escribir porque quiero “apresurar” el olvido, cosa que me parece muy poco práctica e irrealizable en tipos como yo. Podría traer aquí conmigo a algún amigo pintor con el que pueda conversar sobre lo que estoy sintiendo, escribiría que bebemos vino y nos emborrachamos a tal punto que en la ficción no le quede otra opción que llevarme a rastras a la habitación en la que yo lo inventé. Escribiría también que después de nuestra conversación elegimos, tristes y ebrios, ir a algún lugar donde podamos comprar placer que nos vuelva estúpidos y obnubile el pensamiento un rato. Me inventaría que estas líneas te las escribo desde la luna y estoy totalmente drogado, y escribiría – aunque sólo sea para configurar otra realidad distinta a la mía y así poder engañar a otro lector que no seas tú – que en este momento me acompañan una, dos, diez, veinte, mujeres. Pero lo cierto es que, rodeado de libros y recuerdos, y desde hace ya casi dos semanas - el mismo tiempo que llevo sin regalarte ninguna gracia mía -, he vuelto a ser el solitario de siempre, el mismo que suelo ser cada vez que escribo; y eso, ha sido y será, cuando no hay ni vino, ni amigos, ni mujeres, ni pintores imaginarios que acompañen y aconsejen a un amigo que ha caído en los brazos de la tierna nostalgia. Así que intentaré dejarle poca ficción a esto – lo que resulta imposible porque con cada letrita la ficción se acentúa con más fuerza - ; pretendía crear un cuento, luego se me fue haciendo cada vez más urgente la necesidad de escribir una carta, y ahora no sé qué hacer, ni cómo desplazarme a través de este espacio en blanco. Si ir con una ficción, o dejarme caer a través de los espacios destinado a una sola persona; aún no lo entiendo. Algún día lo leerás, cuando aprendas; me gustaría mucho que lo hagas puesto que no hay otra persona a quien quisiera que vaya dirigido este tejido. El único problema es que no firmaré esta carta, o la firmaré con un nombre falso porque no quiero que se sepa mi verdadero nombre, jamás, ni que se enteren los demás que por más esfuerzos que hago no puedo evitar desear que vuelvas aquí para jugar nuevamente. Y si alguien ajeno a mis sentimientos leyera esto, sólo le advierto, le suplico: trate mi historia como una obra de ficción, el devaneo de un personaje cuyo destino está en las manos de un ser superior que escribe desde su computador en su habitación, en el tercer piso de una vivienda ubicada en un pasaje del centro cívico de la ciudad. Te dedico estas líneas, pequeña amiga, antes de mi partida a una ciudad en la que pueda esperar tranquilamente al olvido o no me quede otra opción que, aquí allá o más allá, sentarme a esperar sin sobresaltos a que lleguen un día a visitarme, vestidos de letargo, repletos los bolsillos con ansiolíticos y anestésicos, mis, cada vez menos lejanos, cuarenta años, con los que yo podré echarme a dormir para siempre transformado a plenitud, gracias a la pluma del Señor, en el ser de papel que todos alguna vez seremos.
II
Desearía haber podido conocerte antes; sin saberlo, sin quererlo, sin haber conocido la dicha de acompañarte en tus primeros días, te cruzaste en mi vida, o no sé si fui yo el que se cruzó en tu camino, poco después de tu segundo cumpleaños. Domingo el día de la semana; veinte de setiembre si alguna vez te preguntas por la fecha; hora: poco más de las cinco de la tarde. El retrato que hice de ti y de tu madre es de una foto tomada aquel día, la tarde en la que tuve la gracia de conocerte; tengo una copia de ese retrato frente a mí, pegado en la pared, ahora que pienso y escribo mis palabras como si lo único o lo último que vaya a hacer en mi vida es escribirte esta carta.
Sonrío cuando evoco la manera en la que te acercabas y estirabas un bracito para hurgar con ternura el morral en el que iban mis globos, mis esferas con las que hago malabares, mi nariz roja, mi sonrisa y mis ganas de jugar contigo y conocerte más. “anel bobos”, lo recuerdo, suspiro y casi se me llenan los ojos de lágrimas por culpa de esa incapacidad mía para no derretirme con la inocente belleza de un niño. Por ahora ver a uno solo me recuerda a ti; son tantos días los que llevo sin verte. ¿no quisieras venir a visitarme? Imposible ver a mi sobrina y no pensar en ti también. Ahora inflar un globo, hacer una figura, ofrecérsela a alguien en el hospital, ha adquirido una especial significación para mí. ¿con qué derecho voy a evitar todo esto que siento si es tan hermoso y sutil? "bobos” y ahí voy de nuevo, extrañándote sin que pueda hacer mucho por verte de nuevo. Todo ese rollo de la mierda adulta jode un poco – discúlpame lo procaz del lenguaje pero para cuando leas esto ya te sabrás algunos otros términos –; pero en cierta forma evito caer en pensamientos negativos, y aunque la tristeza se haga evidente en mi rostro, es bueno saber que puedo contar con ella para definir lo que siento; a fin de cuentas, la tristeza es una emoción y se puede ser feliz reconociendo lo triste que uno está, lo alegre que me pongo cuando recuerdo los gestos que hacías, o la manera en que reclamabas mi atención. Cosas que quizás muy pocos entiendan, que unos de los pasos hacia la felicidad es el reconocimiento y no rechazo de las emociones que se suscitan dentro de nosotros. Felicidad no es alegría absoluta y tonta. Pero ese es otro discurso.
Veintiuno de diciembre. Uno tos tes. Subes las escaleras sujetándote de mis manos, vuelves a contar uno – tos – y tés y te lanzas, alzas los pies, te dejo caer lentamente. Y pides que te deje hacerlo de nuevo. Luego me exiges que te de vueltas; tomo tus brazos y te hago girar, trato de hacerlo todo con delicadeza, no muchas vueltas porque no quisiera que vomites, o mareada caigas al piso y te golpees. Pero después de recuperarte del leve mareo, vienes a mí y pides más vueltas. Eres incansable. Gracias por permitirte jugar conmigo, por hacerme tu compañero de juegos. No creo que me recuerdes un día, pero tu carita se me va clavando en la retina y en la mente conforme van avanzando los días. No puedo ir a verte; si las cosas fueran así de simples ya lo habría hecho, créeme, tú también me pareces una linda niñita. Pero pienso mucho en ustedes dos, y en ti especialmente ahora, y le pido a Dios que te bendiga, que te cuide a cada momento, que si nunca le pido nada ahora le pido por ti, para que nuca te falte el cariño de los que te rodean. Yo, ya casi me tengo que ir, estoy deshecho con tanta emoción que llevo dentro, pero me permití escribirte porque de alguna forma siento que libero mi espíritu de estas hermosas sensaciones, alegres y tristes, pero que no deben quedar estancadas jamás aquí en el pecho. ¿Cómo negarle atención y cariño a una criatura cuando te lo reclama? Te cuento que cuando colocaste tu cabecita en mi hombro, yo dije que sí, que eres linda, y que si un día llego a tener una niña me gustaría que sea como tú, y todo porque no puedo hacer que mi hija seas tú. Sin embargo, algo me advirtió sobre ello, y la moraleja de este cuento se nos aproxima: creo que no es bueno encariñarse con los hijos ajenos. Y terco como soy, me importa un comino esa moraleja; mi cariño aún está latente en mí para cuando tú gustes venir.
No tengo más qué decir; sólo pedirte que me visites, si tú no vienes mi corazón se volverá a poner muy triste. Ven y hagamos formas de animales, aventemos las pelotitas de arriba abajo, hagámoslas girar, vamos a la playa, te llevo cargada si quieres a recibir el roce de las olas; déjame visitarte, llena con tu alegría, pequeño ser de luz mi espacio y mi corazón. Te quiero. :)
Hans.
París, 03 de enero de 2016.

